
¿DESCANSAN EN PAZ LAS ALMAS DE TUS SERES QUERIDOS?
Cuando un ser querido parte de este mundo, el amor no termina. La muerte no rompe los lazos que nos unen a quienes hemos amado; al contrario, la fe nos recuerda que seguimos formando parte de la gran comunión de los santos.
La Iglesia nos enseña que muchas almas, antes de contemplar plenamente el rostro de Dios, necesitan una purificación final. Es lo que conocemos como el purgatorio. Allí, las almas ya tienen asegurada la salvación eterna, pero esperan alcanzar la plenitud de la gloria del cielo.
Por eso, nuestras oraciones tienen un valor inmenso. Las almas del purgatorio ya no pueden merecer por sí mismas ni ofrecer nuevos actos de amor para acelerar su purificación. Somos nosotros, los que todavía peregrinamos en esta vida, quienes podemos ayudarlas mediante nuestras oraciones, el rezo del Santo Rosario, las obras de caridad ofrecidas por ellas y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa.
El mayor regalo que podemos ofrecer a nuestros difuntos
Con frecuencia llevamos flores al cementerio, encendemos una vela o visitamos la tumba de quienes tanto quisimos. Son gestos hermosos de cariño y recuerdo. Pero existe un regalo infinitamente más valioso que podemos ofrecerles: la celebración de la Santa Misa por el eterno descanso de sus almas.
En cada Eucaristía se hace presente el sacrificio redentor de Jesucristo. No existe oración más poderosa ni ofrenda más grande que podamos presentar al Padre por aquellos que nos precedieron en el camino hacia la eternidad.
Cada Misa ofrecida por un difunto es un acto de amor que implora la infinita misericordia de Dios para que, si aún necesita purificación, pueda llegar cuanto antes a la alegría eterna del Cielo.
¿Quién rezará por ellos cuando nosotros ya no estemos?
Durante los primeros meses o años después de un fallecimiento, es habitual que familiares y amigos encarguen alguna Misa o recen por el difunto en aniversarios o fechas especiales.
Pero el paso del tiempo hace que muchas personas sean olvidadas. Llegará un día en que también nosotros habremos partido de este mundo. Entonces surge una pregunta que invita a la reflexión:
¿Quién seguirá ofreciendo Misas por nuestros padres, abuelos, hermanos o por nosotros mismos?
Vivimos en una sociedad donde la fe se debilita y muchas familias ya no conservan la costumbre de rezar por sus difuntos. Tal vez las futuras generaciones ni siquiera conozcan esta hermosa tradición de la Iglesia.
Sin embargo, el amor verdadero no debería terminar con el olvido.
Una obra de misericordia espiritual
La Iglesia considera rezar por los difuntos una de las grandes obras de misericordia espiritual.
Un santo sacerdote decía que ayudar con nuestras oraciones a un alma del purgatorio es una de las mayores obras de caridad que podemos realizar, porque estamos colaborando con el deseo más profundo de esa alma: encontrarse para siempre con Dios.
Además, la tradición espiritual de la Iglesia nos recuerda que las almas por las que rezamos no olvidan a quienes las ayudan. Confiamos en que, una vez alcanzada la gloria del Cielo, intercederán ante Dios por quienes las acompañaron con sus oraciones, especialmente en los momentos más importantes de la vida y, de manera especial, en la hora de nuestra muerte.
Un recuerdo que nunca termina
Al inscribir el nombre de tus seres queridos en la Alianza de Misas Perpetuas Misioneras, sus nombres y tus intenciones quedarán registrados para ser recordados de manera permanente.
Todos los miembros de la Alianza serán encomendados perpetuamente en las siete Santas Misas que diariamente celebran los Misioneros del Verbo Divino por todos los inscritos, permaneciendo también presentes en sus oraciones y en su misión evangelizadora.
Porque el amor auténtico no termina con la muerte.
Mientras exista una oración por un alma, existe un acto de esperanza.
Mientras se celebre una Santa Misa por un difunto, la Iglesia continúa abrazándolo con el mismo amor con el que Cristo entregó su vida por todos nosotros.